sábado, 6 de noviembre de 2010

La agonía de la sacarina

Todas las calles de la ciudad empiezan a oler a mazapán caliente y a azúcar derretido, mientras todas las mañanas se bañan con el almíbar que decora toda la pastelería típica de estas fiestas y de las venideras celebraciones. Al mismo tiempo y casi sin darnos cuenta nos abrochamos la chaqueta y los turrones sigilosos se colocan en primera fila en los estantes de los supermercados, igual que los niños pequeños vestidos de pastorcitos en la función de Navidad del colegio. Todos nerviosos y sonrientes, atentos a la cámara de video de un papá al que se le cae la baba grabando a su mocoso meneando una pandereta, con los cachetes colorados y rascándose sin cesar la cabeza, asfixiada por el gorro de borreguito.

Hemos olvidado las sombrillas y la crema protectora para el sol. La sacarina agoniza olvidada al fondo del estante de la cocina, mientras invadimos su sitio con cajas de sopitas de avecrem y jarabes para la tos. Con cremas de calabaza y con el fatídico turrón de chocolate crujiente imperecedero en los hogares más golosos.

Esta tarde añoré el sabor a cruasán recién hecho de la pastelería del centro que estaba cerca de mi antigua oficina y el olor humeante de las castañas asadas. Este año la navidad será distinta. Muy distinta, sobre todo si pienso que es posible que sea mi última navidad antes de pasar de nuevo, por una nueva unión matrimonial. Pero esto aun no se sabe con absoluta certeza, igual que los regalos de los huevos de chocolate. De todas formas supongo, que si llega la hora de hacer un comunicado oficial, esté será el medio elegido para todos los que comparten mi vida y mis ilusiones desde hace tanto tiempo. Todo esta tranquilo, todo empieza a brillar como las luces de colores que empiezan a adornar y que brillan en los adoquines mojados por la lluvia.

(foto, marzo 2010)

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