jueves, 20 de mayo de 2010

Marea baja

Esta tarde en clases, he sido partícipe de una conversación con una compañera que me ha dado mucho que pensar.

Ella ha estado muchos años sin mirar un libro entre el trabajo y una terrible enfermedad que la mantuvo muy apartada de todo, y nos cuenta que cuando se la diagnosticaron, su pareja tras cuatro años de relación decide terminar con ella. Alegó en su defensa que no sabía como ayudarla ( un novio no tiene por que ser médico y saber de todo y parece que este no lo entendía) a lo cual ella respondía que no necesita que supiera ayudar, pero si que supiera apoyarla. Con haber estado a su lado en silencio, habría sido suficiente, pero se marchó casi sin hacer ruido, cabizbajo por la puerta de atrás.

Alguien que te quiere de verdad, te quiere por encima del bien y del mal. Ese amor se demuestra en aguantar estoicamente los bandazos de la vida, no en rosas el día de San Valentín. Este amor no aparece en escaparates, este amor vuela por encima de todas nuestra cabezas y es más inmenso que cualquier adjetivo inventado.

Yo estoy viviendo una situación similar. Tengo la impotencia de no saber como ayudar, pero la certeza de que camino a su lado. Mi relación comenzó en un momento no adecuado, pero ambos intentamos luchar contra las inclemencias que acechaban que nos distanciáramos del todo. Puede que no fuera el instante preciso, pero si la persona que presumo adecuada, puede que me sienta triste pero sigo estando a su lado apoyándolo, mientras recuerdo aquella frase escrita en los clasificadores de mi carpeta en el colegio, que decía “ quiéreme cuando menos te merezca, será cuando mas te necesite”. Hoy por hoy me sigue mereciendo la pena, como cuando él me decía que valoraba que de cada cosa buena que teníamos, venían tres malas, y de mi capacidad de intentar capearlo todo. Hoy por hoy me siento muy satisfecha de demostrarme a mi misma que sigo amando de verdad, y con todas las consecuencias. Que lleguemos a buen puerto o no, habré luchado hasta el final y que me quedo con las botas puestas. He aprendido en la vida, que un amor de verdad, supera más dificultades que celebra victorias, y que esto realmente, es el triunfo del amor.
La marea baja, siempre tiene que volver a subir.

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